La alcaldesa de Zaragoza acompañó a la corporación municipal en esta procesión declarada una de las joyas patrimoniales de Aragón, que este año ha recuperado el histórico farol municipal tras su restauración.
Calatayud volvió a iluminarse al caer la noche del 8 de septiembre con motivo de su tradicional Rosario de Cristal, una de las devociones más singulares de la Comunidad y la más antigua de su categoría en Aragón. La jornada grande en honor a la Virgen de la Peña contó este año con la presencia institucional de la alcaldesa de Zaragoza, Natalia Chueca, quien atendió la invitación del alcalde bilbilitano, José Manuel Aranda, para vivir de primera mano una cita que entrelaza la devoción religiosa con la maestría artesana.
Ataviada con el tradicional traje regional al igual que varios miembros de la corporación local, la regidora zaragozana formó parte del cortejo junto al cronista oficial de la ciudad, concejales y diversas autoridades civiles y militares de la comarca. Antes de unirse al desfile procesional, Chueca visitó la Colegiata de Santa María la Mayor y firmó en el Libro de Oro del Ayuntamiento, donde subrayó los profundos lazos históricos y los proyectos de futuro compartidos entre Zaragoza y Calatayud.
El desfile, que transforma el casco histórico bilbilitano en un retablo luminoso gracias a sus faroles, pasos y peanas de cristal policromado, hunde sus raíces en el siglo XIX. Su origen documental se remonta al 21 de diciembre de 1871, fecha en la que el creador de estas piezas, Manuel Marco, cedió su obra a la Esclavitud de Nuestra Señora de la Peña, entidad que desde entonces vela por la conservación de este legado que posteriormente inspiró celebraciones similares en localidades vecinas como Ateca, Aniñón o la propia capital aragonesa.
La edición de este año dejó además un hito patrimonial significativo con el regreso a las calles del histórico farol del Ayuntamiento. Concebido originalmente en 1946 bajo el diseño de Enrique Carnicer —aprovechando materiales de piezas anteriores que habían quedado en desuso— y construido por Manuel Domarco, la emblemática estructura ha recuperado su esplendor original tras un meticuloso proceso de restauración llevado a cabo por el taller zaragozano Vidrieras del Arte Cristacolor.