La vecina del sueño y las magdalenas

Vivencias para una crisis por Manuel Martín Bueno
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19 de abril del año 2020 a por la sexta semana de cuarentena.

Una de estas noches, seguramente enlazando con la inexistente levadura en los estantes de los supermercados, soñé con una escena que se ha repetido, de noche y día en varias ocasiones.
Consistía en que una amable vecina llamaba a nuestra puerta, cosa poco probable en estos momentos. Yo salía a abrir con la cortesía acostumbrada, porque uno es de buena crianza como se decía en el pueblo cuando era pequeño. Abría la puerta y me encontraba con una estampa que me resultaba muy familiar y que me hacía sospechar de su realidad, pero no me atrevía a adelantar la mano para tocar aquella figura que todavía no he descrito, voy a ello, porque temía que se evaporase directamente o se desdibujase hasta desaparecer delante del marco de la puerta o en mi mente lo que sería mas triste.

En estos momentos estamos dados a los sueños, en eso coinciden los especialistas, los de verdad los que tienen título antiguo colgado en la pared y decenios de experiencia profesional, tales como el cordobés radicado en la ciudad de los rascacielos por antonomasia, el Dr. Luis Rojas Marcos, de quién nadie creo pueda dudar. Por cierto, este si que es Dr., con doctorado acreditado, porque bien es cierto que acostumbramos a denominar Dr. a cualquier licenciado o incluso en estos momentos titulación menor, que vaya con bata blanca y fonendoscopio al cuello y a los efectos académicos no es lo mismo. Pero no importa, lo de la bata blanca, en especial ahora da confianza y seguridad y eso es lo importante o al menos hay que pensar que es así. Si es bata verde pasaremos al respeto porque entraremos en un quirófano, etc. pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda como se solía decir.

En nuestro sueño la imagen de la figura que percibí, era de mujer, una de esas mujeres de las pelis norteamericanas de los años cincuenta y sesenta, con su melenita corta y flequillo en la frente, cintura reducida y falda amplia a la altura de las rodillas. Blusa discreta en la parte superior del cuerpo de color delicado y muchas veces una chaqueta de punto. Esta imagen me sonaba a anuncio publicitario de la época y no andaba desencaminado porque la mujer, amablemente se quedó en el umbral, a una distancia reglamentaria de algo mas de metro y medio y con una sonrisa que solo pude percibir por el brillo de sus ojos, porque llevaba una coqueta mascarilla de color, de las hechas en casa, a juego con la blusa.

Entre las manos, que avanzaba a modo de ofrenda de una pastorcilla de Belén al Niño Jesús, sostenía una cestilla de plástico rosa (no olviden que estábamos en los cincuenta o sesenta del siglo XX) de la que sobresalía por todo su perímetro un mantelillo de papel troquelado a modo de filigrana bordada que es lo que se sigue usando en las pastelerías. Sobre ella unos bultitos de color marrón agradable coronados por un polvillo blanco que no era otra cosa que azúcar molido. Las piezas, esos bultitos no eran otra cosa que magdalenas rebosantes en sus moldes de papel ondulado como es de rigor.

El todo, estaba envuelto en celofán transparente con un lacito coqueto, de cinta del mismo color que la mascarilla de la Sra., que a su vez era el mismo que el de su blusa. Me quedé ahí parado, al parecer con la boca abierta, ya que la vecina de la mirada amable y sonriente, me indicó, vecino, no lleva mascarilla, ¿quiere que le traigamos una?, en el vecindario tenemos un grupo de amigas que hemos confeccionado ya muchas y seguimos haciéndolo, para hospitales, comisarias, etc., tiene algún color preferido. Automáticamente, sin pensarlo mucho le dije, azul antes de responder si de verdad quería o necesitaba una mascarilla coqueta como la que me ofrecía.

En este diálogo, que no se alargó mas que unos pocos segundos pero que parece una eternidad porque los sueños son eso, debí de decirle que agradecía su amabilidad a lo que me dijo de inmediato, todas las vecinas hacemos repostería y bollería, ya sabe, en estos tiempos. Si ya sé, ya sé, sin añadir como hubiera sido lógico, ahora entiendo lo de que no haya levadura en varias decenas de kilómetros a la redonda de mi casa. La amable vecina insistió, hay una vecina que hace unas tartas de manzana excelentes, su padre fue emigrante en Alemania y allí aprendieron a confeccionar los strudel, otra borda las quiches lorraine porque a sus padres les pasó lo mismo pero en Francia, en la zona de los Alpes y ya sabe. Yo debía poner unos ojos muy expresivos y empezaba a babear porque la Sra. joven de cintura leve, falda de volumen abierto y blusa de color claro, me dijo sin que yo le hubiera contestado, ya veo que si, que le gustan estas cosas. Yo podía haber contestado que a mi lo que me salían muy bien eran los guisos de cuchara y las borrajas con almejas, pero no me atreví y menos a hablarle del pescado al horno, porque era meterse en un zarzal complicado.

La escena terminó dejando la cestilla en el suelo, a la distancia reglamentaria, para que yo la pudiera recoger una vez ella dio media vuelta y se alejó la distancia que le separaba de su casa, que por cierto como se acercó uno de los gatos a despertarme no se donde estaba y consecuentemente si había roto o no su confinamiento. La realidad es que esa misma tarde decidimos nosotros hacer nuestras propias magdalenas con receta familiar, para no destruir el embrujo del sueño porque si es malo que te despierten cuando das un paseo nocturno padeciendo una crisis de sonambulismo, tampoco debe ser bueno romper el hechizo de la Sra. joven, salida de un anuncio de película norteamericana de los años cincuenta sesenta como mencionamos antes.

Cuando recuperamos la consciencia total, una vez levantados y aseados, comprobado si todo estaba en orden en la casa, todo normal, incluso si los felinos tenían comida y agua. Una vez tomado el desayuno en el que nos acordamos de las magdalenas de la vecina del sueño, pasamos a situarnos ante el ordenador para comprobar si en la red todo estaba en orden. Es decir, si debía felicitar a alguna amistad virtual o real por aniversario, ya que las que no me anuncia Facebook suelen quedar en el limbo de los inocentes. Luego comprobar los improperios que sueltan todos los idiotas que pululan por la red que son infinitos, para meditar una vez mas si los bloqueo los borro o los mando a donde Vds. saben, pero al final, salvo rarísimas excepciones los dejo ahí destilando odio e ignorancia que suelen ir parejas, porque es mejor saber donde está cada cual, en especial aquellos sujetos que utilizan la red como si fue un ring virtual porque a uno real estoy seguro que jamás se subirían, no está en su genética. Violentos y maleducados si, pero “prudentes” también.

De las noticias falsas, viejas, amañadas, recicladas, etc., que también son muchas o de las campañas de solidaridad con tal o cual colectivo, grupo, profesión, publicidad incluida, también conviene pasar de largo para mantener incólume, si es que en estos momentos se puede, nuestra integridad neuronal a resguardo.

Mención aparte merece el apartado, creciente sin duda, de los múltiples “analistas políticos” de ocasión, de los “expertos” en todas las facetas posibles de la sociedad que destilan poco a poco su maldad como el veneno de la cobra real que se llevó por delante, según cuenta la leyenda y la novela histórica, a la pobre Cleopatra; que mira tu si no tenía posibilidad de venenos a mano para mezclar con malvasía o con cualquier bebida espirituosa de la época, incluso con un cubilete de buen vino Falerno, que seguramente había en las dependencias del bueno de Marco Antonio que sabemos, eso si que es verdad, que le daba al frasco.

Estos especialistas en todo son cansinos, repetitivos, viejunos aunque tengan pocos años, pero es que el arte del insulto es eso, un arte y ellos no lo tienen. Pasan del juicio inmediato sin reflexión al exabrupto mas soez, pero sin gracia. Ahí está el detalle, sin gracia. Señor perdónalos porque no saben lo que hacen, pienso a veces y me reprimo, pero coño ya se están pasando de rosca y todavía no hemos comenzado a desacojonarnos, cuando estemos mas sueltos ya verán. Yo me digo si no deberían seguir viendo pelis antiguas o modernas aunque sean de pago, series al uso o películas de Disney, pero no, siguen con la matraca y encima se entretienen viendo las larguísimas comparecencias del Presidente del Gobierno de España, que es víctima propiciatoria de sus iras desenfrenadas. Vale, si sirve de desahogo pueden continuar, pero intenten utilizar el lenguaje articulado y comprensible con el que la evolución de la Humanidad fue progresando en el proceso de la hominización y no se queden en lo gutural, “escrito” o hablado que ya es decir. Si lo intentan a lo mejor sueltan lastre mental, se ponen a hacer magdalenas y alcanzan la felicidad. Si no lo logran pueden recurrir a hacer mascarillas como las personas de bien en sus casas con cualquier retal que tengan disponible. Si además luego se las ponen ellos mismos/as y se las aprietan fuertemente, tal vez cuando insulten a diestro y siniestro, los insultos se queden en la mascarilla con los propios virus de todo tipo que sin duda estos sujetos propalan. Sería una suerte.

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