El rastro de las ideas en la España poliédrica

Vivencias para una crisis por Manuel Martín Bueno
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Manuel Martín-Bueno
27 de mayo del año 2020 a por la undécima semana de confinamiento.



Seguimos soñando pero cada vez soy mas conscientes de que los sueños, sueños son, como se escribió en La vida es sueño, de D. Pedro Calderón de la Barca, uno de los escritores mas señeros del Siglo de Oro de la literatura española. El cerebro humano del que dicen quienes saben de ello que tiene muchos espacios por descubrir, analizar e incluso utilizar por cada uno de nosotros, sigue siendo un órgano enigmático muchas veces. Pensamos mientras soñamos, debe ser así, en cosas y situaciones muy variadas, incluso dispersas, que no conseguimos hilar al día siguiente, pero que sin duda quedan ahí, quiero creerlo, en el subconsciente, en el fondo del “disco duro” cerebral que tenemos cada cual, algunos con muchos terabits de memoria y algunos otros mucho mas reducidos, no me atrevo a considerar cuanto, porque pudiera parecer juicio de valor desfavorable y no es mi intención.

Hace unos días transitaba por las afueras de mi localidad en vehículo, con finalidad concreta y justificada y en horario adecuado, cuando al pasar por delante de un establecimiento mecánico abierto, vi de soslayo que en el exterior estaba de pie, provisto de su mascarilla, un amigo de la infancia. Frené aprovechando que hay un elemento de reducción de velocidad en el asfalto, me desvié y aparqué momentáneamente en la explanada exterior. Me acerqué a saludar al amigo con la alegría de volverlo a ver tras unas cuantas semanas de distanciamiento total, me mantuve a prudencial distancia y le dije: Me alegra verte, compruebo que estás bien y espero que los tuyos también. Junto a él había una tercera persona también de edad, que no conozco y que al poco se apartó educadamente porque la conversación no iba con él.

La respuesta de mi amigo que viene a continuación me dejó estupefacto lo que indica el clima en que estamos viviendo. Sin preguntar por mi salud o la de mi familia dijo: “Aquí estamos porque ESTOS nos van a matar a todos”. Respuesta lapidaria e improcedente por demás. Sin hacer caso todavía, le pregunté, ¿Cómo van las cosas?, ya que habían vuelto a abrir el negocio familiar, el taller, y me volvió a responder: “mejor que nunca, a tope, han tenido que volver a contratar a todos, no dan abasto”.
La respuesta es por lo menos singular. Del, estos nos van a matar a todos, pasamos, cuando yo pensaba que estarían angustiados por la situación económica, al mejor que nunca, han tenido que volver a contratar a todos, están a tope.

Seguidamente le dije de la manera mas calmada posible, nos conocemos desde que éramos así, él rebajó la altura para indicar desde la infancia o casi. A continuación le dije, yo que sabes que soy y siempre he sido independiente, piense como piense, te pregunto por la salud y me respondes lanzándome un gato a la cara, ¿Te parece justo? Así sois, de inconsecuentes los que tenéis carnet y pagáis cuota, yo sí me interrumpió. No os importa el diálogo, no os importan quienes puedan pensar diferente a vosotros, no creéis en la democracia ni en las elecciones, ni, ni, como respuesta la retahíla de lugares comunes que escuchamos cada día, que nada tienen que ver ni con la enfermedad, ni con la economía, ni con los buenos modales, simplemente con unas consignas que se dictan desde partidos, directamente o por medio de sus voceros, que los votantes de a pie, trasladan a su entorno sin mirar si hacen bien o mal, si es verdadero o falso, sin escuchar al otro, sin razonar, bueno esto es imposible, sin mantener las mínimas normas de educación que deberían presidir cualquier conducta humana, una catástrofe,

Nos falta mucha educación, muchos no pasaron por la escuela o deberían volver a ella. Muchos que lo hicieron se enorgullecen de adoptar posturas contrarias a lo que debieron enseñarles en su niñez, los mínimos principios de la decencia, educación,  sensatez, urbanidad, si todos esos principios van en dirección contraria a sus intereses. Es una desgracia, estamos convirtiendo este mundo, comenzando por este país, en un espacio inhabitable, en un espacio para la confrontación directa. Nos estamos deshumanizando y transformando el ámbito común de habitabilidad y convivencia en un escenario hostil en el que todo es posible y nada de ello es recomendable.

Dos meses largos de medidas conducentes a controlar una pandemia sanitaria que cogió desprevenidos a todos los países, sociedades y gobiernos, desde el mas fuerte y poderoso a los más débiles y menos preparados para afrontar cualquier contingencia social adversa no sirven para nada. Estamos en un estado de inquietud personal, miedo a lo desconocido, a esas flechas mortales que vemos impactar en nuestro entorno mas inmediato, porque todos tenemos ejemplos familiares o casi. Ante esta situación que no somos capaces de gestionar reaccionamos con una brutalidad primitiva que no se da siquiera en el mundo animal, que por encima de todo tiene unas reglas de comportamiento mantenidas por instinto. Los seres humanos, lo que es decir demasiado, teniendo capacidad de discernimiento, actuamos de la manera mas primaria que se pueda imaginar siempre lanzando las culpas al otro, sea quién sea, para ocultar la propia incapacidad y los miedos ancestrales que surgen a la primera ocasión.

Podemos pensar que lo que no nos gusta o con lo que no estamos de acuerdo, es porque quienes tienen la obligación de gestionarlo, lo hacen mal sin paliativos. Jamás admitiremos que todos tenemos bastante responsabilidad en todo ello con los actos individuales, pero lo sencillo o lo oportuno si de intencionalidad se trata, es echar la culpa al otro. Las razones no importan. Yo lo haría mejor que tu, pero no te diré como, faltaría mas.

Se nos ha llenado la boca con acciones que obedecen a impulsos tan primarios como irreflexivos, mezclamos reconocimiento con gratitud, que son diferentes, obediencia a las normas a desobediencia completa porque aducimos que nuestro caso es singular, que lo que hacemos está justificado y lo de quienes han dictado unas normas para asegurar la salud general y para mitigar en lo posible una situación inédita es injustificable. Somos soberbios, escandalosamente indisciplinados si se trata de afianzar el yo, frente el nosotros sin pensar en razón alguna. Alabamos a quienes hace poco denostábamos, sin motivo alguno ni para una situación o para la contraria.

Se ha dicho muchas veces que esta es una España poliédrica, Dalí el artista de Port Lligat, tenía sus razones para la definición, que se aplicaba al arte y a todo lo que pudiera serle conveniente en su mente privilegiada y excéntrica, pero esta sociedad actual, esa suma de individuos que la formamos, no sabemos de eso. Vamos a una cita electoral con el entusiasmo o el hastío, no de que vamos a contribuir a construir algo, nuevo, diferente o lo que sea, incluso a mantener privilegios de clase que mucho hay en el panorama actual y en el de siempre, pero especialmente vamos porque es una ocasión única, en teoría cada cuatro años, para actuar contra quienes no piensan como nosotros, no para construir sino para destruir. Pobres de nosotros si pensamos qué de las dos Españas de hace tiempo, hemos pasado a la confusión general de no saber cuantas tenemos o deseamos tener.

Nunca miraremos al exterior de las fronteras y si lo hacemos será para justificar aquello que coincida con el pensamiento que nos imbuyan los jefes de filas, para aquellos que los tienen, o para criticar con ferocidad lo que sea inconveniente a nuestros deseos que será casi todo. La teoría del echar la culpa al otro es infalible, siempre tiene sus adeptos y en estos momentos mas.

Hace muchos años un amigo ya fallecido, de sólida preparación técnica e intelectual y artística, químico de profesión e hijo de artista reconocido de los años cincuenta, me contaba que cuando en 1932 se proclamó la II República Española su padre le llevó de la mano en Zaragoza para ver en la Plaza de España a la multitud que llegaba entusiasmada ondeando banderas, con bandas de música y algarabía festiva para la celebración. Recordaba que le dijo, mira hijo mío, todos parecen estar contentos, cantan, gritan, bailan, llevan banderas diferentes, pero recuérdalo dentro de unos años porque la gente en España no suele aceptar con facilidad los resultados electorales. No lo olvides.

Unos cuantos, muchos años mas tarde este amigo, me regaló ese cuadrito que acompaña este artículo con motivo de la democracia recién estrenada como quién dice fechado en 1977 titulado El Rastro. En numerosas tertulias en esos años del final del franquismo y el advenimiento de la democracia, pensamos con ilusión, que se había dejado atrás un periodo negativo para la historia de España, un periodo de ineficacia como calificó D. Enrique Tierno Galván en su primer mitin multitudinario en la plaza de toros de Zaragoza, abarrotada para la ocasión. En sus palabras del discurso electoral de un hombre dialogante con una mente privilegiada calificaba el periodo anterior de “periodo de ineficacia”, no era revanchista, sabía que había que construir en lugar de lo contrario, había que tender puentes antes que excavar abismos y en ese futuro tenían que estar todos, no había posibilidad de exclusiones.

Aquellos tiempos pasaron, las viejas ideas pensábamos que se habían quedado en el desván de los recuerdos, malos para unos, menos malos o buenos para otros. Hoy transcurrido mucho tiempo vemos que somos olvidadizos, pero interesadamente. Tantos y tantos, cada día mas, ven en la política una plataforma para hacer llegar sus aspiraciones personales a cotas altas de satisfacción moral, económica y de prestigio social. Cada vez mas quedan preteridas las ideas que lleven a colaborar en el necesario progreso de la sociedad hacia un futuro incierto, sin necesidad de acudir a la justificación del COVID-19 que es lo fácil ahora.

Si les soy sincero no se si en alguna de las caras de ese poliedro daliniano en que se  ha convertido España, hay una en la que quepamos aquellos ilusos, muchos aunque no armemos ruido, que pensamos que las cosas se pudieron siempre hacer de una manera diferente, pero que aceptamos el juego democrático de las elecciones, con sus resultados, aunque no nos gusten, que estamos convencidos de que por encima de todo España es España, singular y variada, poliédrica, con símbolos, instituciones de todo tipo que no son de nadie en particular porque son de todos, con sus virtudes y defectos, que se regocija, que se compadece, que llora o se alegra, pero que nunca debería aceptar en el seno de la sociedad las ideas de enfrentamiento que se buscan y se extraen de viejos baúles, no para recordar y estudiar la historia, sino para imponerla de nuevo a cualquier precio. Ese no es el camino y lo sabemos, deberíamos saberlo o se nos debería enseñar.
Primer día del Luto Nacional.
Y los sueños sueños son…Calderón de la Barca.





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