El arte de mirar por encima de la mascarilla

Vivencias para una crisis por Manuel Martín Bueno
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¿Hemos cambiado o nos aburrimos hasta de criticar?



Dicen sesudas mentes pensantes que esta situación es inédita en nuestras vidas. Muchas lo son aunque estemos en el declive de nuestro recorrido vital y hayamos pasado por unas cuantas como es natural. Pero no como las actuales por mucho que hurguemos en la memoria para recordar hechos, épocas, circunstancias y lo que queramos. Esto es nuevo y debe ser admitido así, pero la novedad circunstancial debe llevarnos a alguna parte, lo contrario sería necia presunción de que nada cambia ni debe cambiar, como pretenden algunos, seguramente mas de los deseables.

La mascarilla protectora, nunca sabremos si hacia dentro o hacia fuera, forma ya parte indisoluble de nuestro quehacer cotidiano, recordar que hay que cogerla diariamente en el momento en que traspasemos el umbral del domicilio de cada cual es una rutina que se viene imponiendo de manera generalizada, con pasos hacia adelante o retrocesos, dependiendo de la asimetría del territorio nacional que es mucha y no debería ser así, al menos en la opinión de quien escribe esto. La claridad brilla por su ausencia, aquí esto, allí cerca lo otro, cuidado que te sales de provincia o de CCAA y en esta no es lo mismo que en la otra, porqué si, porque nos tenemos que diferenciar de los vecinos para justificar competencias, administraciones, personas que ocupan puestos en ellas y por lo tanto están en nómina y que les dure el momio porque renunciar voluntariamente no lo harán desde luego.

La mascarilla es un adminículo que ha salido de sus recónditos lugares de uso profesional con los que la mayoría no teníamos demasiada familiaridad, a convertirse en un elemento imprescindible que debe usarse por todos o casi todos los ciudadanos de infinidad de países. Además, ahora que hay mascarillas en abundancia, comerciales, profesionales, publicitarias, eficaces o menos, etc., hay que justificar que son buenas para el ser humano para seguir manteniendo su fabricación y comercialización, cosa que antes no ocurría pero ahora si.

La mascarilla es al mundo en general, lo que el velo en determinados ambientes ideológicos y culturales, un elemento de generalización protectora, de distanciamiento inmediato con el prójimo, al que se pasa de mirar la expresión de su rostro, a intentar escudriñar en sus ojos que es lo que piensa y mucho mas. Antes era mas fácil, ahora los gestos quedan matizados, escondidos, y con ellos las ideas que transmiten. Como opina una parte de la ciudadanía sencilla, si no miras la cara, si no te fijas en ella, la mirada se irá mas abajo, centrándola en otros puntos de la anatomía ajena, para finalizar observando los andares y con ellos la conexión del ser humano con la tierra de la que procedemos y a la que regresaremos indefectiblemente, aunque sea en forma de cenizas.

Mirar por encima de la mascarilla se ha convertido en un arte sutil que permite no tropezar en demasía, evitar encontronazos indebidos con obstáculos a los que no logramos encontrar los puntos muertos que nos esconde el famoso tapabocas/narices que tenemos que llevar, a saber por cuanto tiempo.

Antes se decía de alguna persona que miraba por encima del hombro para señalar a aquellos que se consideraban en nivel superior al de sus interlocutores. Ahora nos hemos democratizado de manera forzada y miramos por encima de la mascarilla y tan contentos.

Lo de actuar de manera rebelde y prescindir de ella a sabiendas, lo de darle la vuelta para amortizarla, lo de llevarla por debajo de la nariz con el pretendido subterfugio de respirar mejor, lo de portarla a modo de babero para recoger las migas de la magdalena del desayuno, lo de portarla con donaire mal entendido en la oreja, en el codo o donde les place a algunos es una completa sandez fruto mas de la arrogancia estúpida de quienes así obran que de justificaciones ocasionales que ni son ciertas ni conducen a nada.

Valga, ocasionalmente, lo del olvido momentáneo, pero corrijamos, regresemos a casa a por ella y santas pascuas o mejor aún, sirve también tener distribuidas mas de una, por el vehículo, en el lugar de trabajo, en alguna prenda de vestir, por aquello de que no te pillen in fraganti sin portarla en la parte anterior del rostro tapando nariz y boca, como está establecido.

A partir de ahí, las sencillas, quirúrgicas esas que deben desecharse al poco tiempo y cuya vida alargan buena parte de los mortales hasta que se caen solas convertidas en sucios adminículos que ni protegen ni nada, porque nos hemos encargado de hacer de ellas algo inservible por el mal uso. La tipología es amplia, los modelos de diseño no digamos, las de mensajes comerciales, las de gatitos y perritos, las de ¡salvemos el planeta!, las de campañas políticas, y así hasta un etcétera infinito en el que ya se empiezan a coleccionar para el futuro.

Dejamos aparte las de diseño combinadas con el vestuario, desde la ropa interior, a los trajes de fiesta, vestuario de baño, vestuario para la intimidad de alcoba o ribazo, que de todo hay, pero sin dudarlo un momento, la mascarilla por encima de todo. Estaría bueno que ahora que muchas personas se han realizado fabricándolas con ropas almacenadas en cajones para propios y amigos, tuvieran que desecharlas como objeto poco útil. No sería justo.

No dejen de usarla hasta que nos digan lo contrario y no sean ratas alargando su uso hasta que se caen de la cara por si solas. Son un elemento de prevención y protección, propia y ajena, no una ocurrencia de autoridades sanitarias o políticas que en todos los países coinciden en que es bueno, salvo algunos imbéciles que por el hecho de dedicarse a la política piensan lo contrario de manera temeraria. Ahora que podemos disponer de un uso razonado de ellas hagámoslo; hasta que dispongamos de algo definitivo para combatir esto que nos atenaza que no es ni mas ni menos el miedo a seguir siendo lo que somos, es decir seres vivos, cosa que muchos cada día dejan de poder siquiera desear porque se van inexorablemente.

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