A zofra.- Ya no es el tiempo de la siesta

A zofra por Eduardo y Eloísa Lavilla
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Después de un pequeño descanso tras las vacaciones volvemos al trabajo.

En este artículo y los siguientes vamos a tratar cuestiones relacionadas con la medición del tiempo. Para empezar, comenzaremos hablando de varias fechas significativas que traen consigo algunas curiosidades.
La primera de ellas tiene relación con San Bartolomé, que se celebra el 24 de agosto. En dicha fecha tiene su origen la expresión “echarse, tirarse o tumbarse a la bartola” (con minúscula, pues nada tiene que ver con una persona que se llamara Bartola). En esta fecha es cuando, tradicionalmente, terminaba el período de cosecha. Con las labores más duras del campo acabadas, comenzaba un período de descanso para los campesinos hasta que llegara la vendimia. Por lo tanto, cuando queremos señalar que alguien descansa sin ningún tipo de preocupación y relajadamente, utilizamos este símil en referencia a esas "breves" vacaciones de las que disfrutaban los trabajadores del campo a finales de agosto.
Por otro lado, también tenemos la palabra “siesta”, cuyo origen es una deformación de "sexta" (de la que derivó "sextear" y de ahí "siesta") y tiene su origen en la Regla de San Benito. La Regla recogía las normas que regían los monasterios pertenecientes a la Orden de San Benito. Muy probablemente os suene su mandato principal: "ora et labora". El origen de la siesta se encuentra en otro de sus preceptos, que consistía en que se debía guardar reposo y silencio después de la hora sexta, ya que, era la hora de más calor.
Pero, ¿cuál era la hora sexta? Para entenderlo (y sin entrar en mucho detalle, ya que, en el siguiente artículo trataremos este tema) hay que retrotraerse a la época de Roma, quienes dividían "nuestro día" en dos períodos: día u horas de luz, y noche u horas de oscuridad, cada uno con doce horas. Cabe señalar que estas horas no siempre duraban 60 minutos (tan sólo era así en torno al equinoccio de otoño y el de primavera cuando la noche dura lo mismo que el día), sino que, en invierno, al haber menos horas de luz, las horas del día eran más cortas (de unos 45 min) y en verano eran más largas (podían durar hasta los 75min). Este sistema, llamado de horas temporarias, siguió en vigor durante la Edad Media, y es el que aplicaron los monjes benedictinos en su regla. Las horas con una misma duración de 60 minutos no empezaron a utilizarse hasta el Renacimiento y la aparición de los primeros relojes mecánicos.
Sin embargo, antes de entender cuál era la hora sexta, debemos hacer una salvedad más. A día de hoy nos guiamos por los usos horarios para marcar la hora oficial, pero antiguamente se hacía con el sol. Es por ello que, actualmente tenemos dos horas de diferencia con la hora solar en verano y una en invierno. Por lo tanto, para contar la hora sexta debemos tener en cuenta que la hora prima (la primera del período de horas de luz) tenía lugar en torno a las 6 de la mañana (actualmente las 7 u 8 de la mañana). Si a ello sumamos seis horas, tenemos que la hora sexta se correspondería con el mediodía (las doce de la mañana, lo que vendría a ser para nosotros la una en invierno y las dos en verano). Resumiendo, según la Regla de San Benito, había que reposar después del mediodía que era cuando habitualmente se paraba para comer. Es decir, que aquellos que se echan la siesta siguen cumpliendo con esta antiquísima norma benedictina.
Al comenzar el artículo señalábamos que había ciertas curiosidades en relación con algunas festividades de este mes. Pues bien, la relación de la siesta con septiembre viene de que el saber popular señala que la siesta debe dormirse de la Cruz de mayo (día tres) a la Cruz de septiembre (el día catorce). Por lo tanto queridos lectores, he de decir a mi pesar que, si seguimos las pautas que nos marcan las tradiciones, desde el día 14 de septiembre no deberíamos dormir la siesta más hasta el mes de mayo.
Pero no acaban aquí las curiosidades, sino que, en relación al reparto de las horas según los romanos, las horas de la noche estaban divididas en cuatro períodos de vigía. De ahí pasaron al ámbito militar y se acabaron asociando con las guardias que se hacían por la noche para “vigilar” y protegerse de posibles ataques enemigos. Precisamente en el mundo náutico, dentro de estas cuatro horas de vigía, a la segunda de ellas se le llama el turno de modorra, ya que es el más complicado en el que permanecer despierto; y al tercero, el de la modorrilla, porque no es tan difícil, pero alguna cabezada puede caer. Que por cierto, ¿dónde hacen esta vigía los marineros en los barcos? En la cofa, que es la plataforma colocada en el mástil dónde se situaba el observador, dentro de un canastillo llamado carajo. Además, esta zona es la más inestable del barco, por lo que, era muy habitual que quien desde allí vigilaba, acabara mareado por los vaivenes del oleaje. Por lo tanto, cuando mandamos a alguien “al carajo” estamos haciendo uso de esa jerga marina en el que, como castigo, mandaban a los marineros a ese lugar. Del mismo modo, lo hacemos cuando le decimos a alguien que “no vale un carajo”, haciendo referencia al malestar con el que descendían quienes habían estado oteando el mar desde la cofa.
En resumidas cuentas, y para finalizar, podéis mandar al carajo el precepto que señala que a partir del catorce de septiembre es mejor no echarse la siesta, adoptar la regla benedictina y tumbaros un rato a la bartola, que después de comer siempre entra la modorra.

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