Por un vecino bilbilitano con perro
Quienes tenemos perro en Calatayud, y somos muchísimos, sabemos que la convivencia y la limpieza son esenciales. Nadie discute que recoger los excrementos y mantener la ciudad en buen estado es una obligación de todos, como tampoco nadie discute la falta de sensibilidad de algunos propietarios que no lo recogen. Pero la actual ordenanza municipal que regula la tenencia responsable de animales de compañía —y su reciente campaña de recordatorio— nos está situando en una posición que muchos consideramos de indefensión.
Según el artículo 10.i de la Ordenanza Municipal, está prohibido permitir que los animales depositen sus deyecciones en paredes, fachadas, puertas de edificios o mobiliario urbano, y el artículo 17.1 amplía la prohibición a aceras, paseos, jardines y zonas verdes. En teoría, el perro no puede orinar en ninguno de esos espacios. Cuando una ordenanza dice “evitar que los animales efectúen sus deyecciones ”, está diciendo literalmente “evitar que defequen u orinen”. Mi pregunta es si esto es posible.
Al mismo tiempo, el propio artículo 17.2.b obliga a los propietarios a llevar una botella con agua mezclada con vinagre blanco para diluir los orines del animal. Es decir, se nos exige limpiar algo que, en la práctica, casi no tiene dónde producirse legalmente. La contradicción es evidente: la norma nos prohíbe que el perro orine en casi toda la ciudad, pero también nos impone la obligación de limpiar cuando lo haga.
La situación es tan ambigua que muchos dueños caminamos con la sensación de estar incumpliendo la ley aunque queramos cumplirla. Se nos pide que evitemos fachadas y mobiliario, pero el centro urbano apenas ofrece zonas de tierra o rincones permitidos. A veces, incluso los alcorques de los árboles están ajardinados o cercados.
A esto se suma el miedo a las sanciones. La ordenanza considera una falta leve permitir que los animales ensucien la vía pública, no recoger los excrementos o acceder con ellos a zonas infantiles, con multas de hasta 500 euros. Ningún propietario responsable quiere llegar a ese punto, pero con unas normas tan restrictivas resulta muy fácil exponerse a una sanción por una simple micción en una fachada o en mobiliario público.
La mayoría de quienes tenemos perro cumplimos: llevamos nuestras bolsas, la botella de limpieza y tratamos de evitar molestias a los demás. Lo que pedimos es claridad y coherencia. Si el Ayuntamiento prohíbe los orines en casi toda la vía pública, debería habilitar zonas específicas o revisar la normativa para que sea posible cumplirla sin convertir cada paseo en un ejercicio de tensión y culpa.
Amar a un animal y cuidar la ciudad no son cosas opuestas. Lo que falta es una ordenanza realista, pensada para el día a día, que distinga entre el descuido y la buena voluntad. Porque quienes queremos hacer las cosas bien también merecemos normas que nos lo permitan. Posiblemente esta opinión pueda encontrar discrepancias con otros vecinos, pero uno, que habitualmente pasea con su mascota por la ciudad ve en muchos casos a personas en las mismas condiciones con sus bolsas y botellas para limpiar lo ensuciado y retirar los excrementos, el caso es que con las ordenanzas en la mano no es la solución puesto que está prohibido.