por T. Gimeno
Ayer, al regresar a casa, serían alrededor de las siete de la tarde, me encontré con una pequeña sorpresa en el portal del edificio de la calle Desengaño donde resido. Sobre los buzones de correo descansaba una caja de bombones. Cerrada, perfectamente colocada, como si hubiera sido depositada allí con cierta ceremonia. Junto a ella, un pequeño posit con un mensaje breve y directo:
“Si hoy ha sido un mal día… ¡date un capricho! ¡Te lo mereces!”
No había nombre, ni firma, ni destinatario. Solo aquella invitación tan sencilla como inesperada.
Lo primero que provocó en mí fue una sonrisa. De esas que nacen casi sin permiso, discretamente, en la comisura de los labios, sin buscarla y sin intención. La segunda idea —confieso— fue mucho más práctica: llevarme la caja a casa. Al fin y al cabo, nadie parecía reclamarla.
Pero no lo hice.
Mientras subía los escalones hacia mi piso, empecé a preguntarme quién habría tenido aquel gesto. Aunque enseguida desistí de la idea de averiguarlo. Había algo más sugerente en no saberlo, en dejar que la imaginación se entretuviera tejiendo hipótesis.
Porque en un edificio, como en tantas comunidades de vecinos, cada puerta encierra una historia distinta. Nos cruzamos en el rellano, en el ascensor o junto a los buzones, intercambiamos saludos rápidos y seguimos nuestro camino. Y sin embargo, convivimos tan cerca unos de otros como los personajes que comparten descansillo en Historia de una escalera, la obra de Antonio Buero Vallejo, donde la vida pasa lentamente entre escalones, esperanzas y pequeñas frustraciones cotidianas.
Pensé, por ejemplo, en ese vecino que siempre aparece cuando alguien lo necesita. El que ayuda con una mudanza, sostiene una puerta o recoge un paquete. Siempre con una sonrisa tranquila, como si el tiempo le sobrara.
También imaginé a los nuevos inquilinos del tercer piso, que llegaron hace poco entre cajas, bicicletas e idas y venidas. Quizá quisieron empezar su vida en el edificio con un gesto amable.
O quizás en el nuevo vecino que vendrá y que acaba de comprar un piso en el segundo.
Y, por qué no, también pensé en el vecino gruñón que todos los bloques parecen tener. Ese que protesta por el ruido del ascensor o por una bolsa mal cerrada en el cubo de la basura. Tal vez incluso él, en un momento de inesperada benevolencia, decidió endulzarle el día a alguien.
O quizá fue la señora de la limpieza, que cada mañana deja el portal reluciente y a la que apenas vemos unos segundos, siempre con prisa y con el carro de productos avanzando delante de ella y con el cubo en la mano.
Cada uno de ellos podría haber sido el autor de aquella caja de bombones. Cada uno con su historia, con su jornada más o menos pesada, con sus motivos invisibles para tener un gesto así.
Lo cierto es que la caja permaneció allí durante horas.
A las siete.
A las ocho.
A las diez de la noche.
Y esta mañana, al bajar de nuevo al portal, a eso de las siete, seguía en el mismo sitio. Pero algo había cambiado. Sobre el post-it había aparecido una nueva frase, escrita con otra letra:
“He cogido un bombón. Gracias”
La caja estaba abierta. Dentro seguían todos… menos uno.
Aquello me pareció incluso mejor que el gesto inicial. Quien lo tomó decidió que quizá lo correcto no era quedarse con todo, sino dejar que aquel pequeño acto de generosidad siguiera su camino entre vecinos que apenas se conocen, o sí.
De momento la caja continúa allí, con el hueco silencioso que ha dejado ese primer bombón. Quién sabe si a lo largo del día aparecerá otro mensaje, otra letra distinta, otro vecino que se anime a participar en esta discreta cadena de dulzura.
Porque a veces la vida en comunidad no necesita grandes acontecimientos para volverse interesante. Basta un portal, unas cuantas puertas cerradas y, de vez en cuando, un gesto anónimo que recuerda que detrás de cada vecino —incluso del más silencioso— puede esconderse alguien dispuesto a hacer el día un poco más amable.
Y eso, en tiempos como los nuestros, ya es casi una pequeña historia porque quizás, solo quizás, en ocasiones no es imperioso un titular elocuente, ni noticias sobresaliente, ni siquiera personas influyentes, a veces, la noticia está en lo cotidiano, en lo diario, en lo que tenemos cerca. Y a veces también es necesario el “escribiente”, porque si no se escribe, no se lee. Pequeñas historias y grandes personas, mis vecinos.