El perro andaluz

El correo del Lector
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La vuelta a la pantalla de Manu Sánchez y una certera reflexión del actor Miguel Rellán ponen sobre la mesa el desdibujamiento del periodismo frente a la manipulación política y de gestión.


Confieso que apenas consumo televisión y que la mayor parte de las parrillas actuales me resulta ajena. Sin embargo, anoche terminé viendo el arranque de temporada de El perro andaluz. Era la primera vez que me asomaba a este espacio y me encontré con un Manu Sánchez desatado en un monólogo donde Ceuta, la polarización política y la retórica migratoria se entrelazaban con esa vehemencia tan suya.
Sobre la validez o la trinchera de sus argumentos geopolíticos —que apuntaron por igual a la diplomacia marroquí, a la pasividad europea y al cálculo de la política nacional— cada cual extraerá sus propias conclusiones. Al fin y al cabo, un monólogo televisivo no deja de ser un ejercicio de opinión empaquetado para el gran público. Lo verdaderamente estimulante de la emisión no vino, sin embargo, a mi juicio, del discurso del humorista, sino de una intervención posterior que tocó una fibra sensible y demasiado extendida.
Durante la entrevista en el plató, el veterano actor Miguel Rellán dejó caer una enmienda a la totalidad sobre el estado actual del periodismo. Venía a decir que el arranque de jornada en casi cualquier redacción, grande o pequeña, consiste hoy en abrir el buzón y encontrarse con un alud de notas de prensa ya redactadas por gabinetes de comunicación de gobiernos, ayuntamientos, diputaciones o empresas. El drama, añadía Rellán, es que una parte sustancial de los medios se limita a rebotar ese material precocinado sin pasarle el filtro del contraste ni de la investigación.
La apreciación del actor da en el centro de la diana. Existe un abismo ético y profesional entre informar a la ciudadanía y ejercer de mera correa de transmisión de quien paga o gestiona el relato. Cuando la prensa renuncia a repreguntar y se convierte en una plataforma de distribución de comunicados oficiales, el lector deja de recibir periodismo para recibir propaganda o relaciones públicas.
La lucidez de Rellán sobre el oficio periodístico cobró pleno sentido al recordar un dato clave: su compañera de vida es la periodista Rosa María Mateo. La perspectiva de quien conoce las tripas de la profesión desde dentro explicaba a la perfección la precisión de su diagnóstico.
Entre gabinetes institucionales empeñados en colocar su versión oficial, redacciones asfixiadas que compran el producto empaquetado y un entorno de redes sociales enfocado al impacto inmediato, la libertad de información se resiente. Sin un ejercicio real de fiscalización y contraste, la ciudadanía no se informa mejor; simplemente queda más expuesta a la manipulación.

Fdo. A.G.

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