Una vez escuché que existen dos tipos de personas, las que construyen y las que plantan.
Y la verdad es que no sabría decir si mi padre fue de los primeros o de los segundos… Posiblemente fue un poco (o un mucho más bien) de cada.
Lo que tengo claro es que en cada persona con la que se topó a lo largo de su vida dejó una parte de sí mismo, y no sólo en el ámbito académico y profesional, sino también en lo personal.
Durante estos días de dolor, de vacío y de intentar hacerse a la idea de la ausencia, he visto, y sobre todo he sentido, cómo muchas de esas semillas que plantó en su día han germinado, crecido y florecido. Lo he visto y sentido en el dolor compartido de tantos alumnos que pasaron por sus aulas y sus excavaciones, alumnos que fueron como hijos para él, alumnos a los que no sólo enseñó y acompañó a lo largo de sus carreras, sino a los que también se atrevió a aconsejar en cuestiones más banales como los amoríos de juventud; alumnos a los que enseñó que los gatos eran una buena compañía y que además podían evitar que un escorpión se metiera en tus botas de trabajo mientras dormías; alumnos que aún recuerdan con una sonrisa su particular sentido del humor y su capacidad de adaptación.
Lo he visto también en compañeros y colegas con los que no sólo compartió pasillos, proyectos o congresos, sino también cafés, comidas, sobremesas e incluso fiestas tematizadas en las que su vínculo con Galicia afloraba en forma de queimada. Más allá de los temas académicos y profesionales, hablar con él suponía compartir de algún modo sus otras aficiones: las maquetas de tren, la fotografía, las colecciones de posavasos, ceniceros, cerillas, latas o cualquier otro objeto que atesoraba y que ahora forman una especie de mapa de las ciudades y lugares en los que estuvo. Lugares en los que casualmente siempre aparecía un gato, como lo atestiguan las miles de instantáneas que hizo de cada uno de esos rincones del planeta que recorrió, desde Jordania a Cerdeña, pasando por Baelo Claudia, Finisterre, Ategua o Bílbilis… salvo en la Antártida… allí no hubo gato, pero sí pingüinos, leones marinos y focas que se mezclaban entre los materiales y maderas que recogía en aquellas tres campañas que tantas anécdotas dejaron.
Y no sólo “plantó” en el terreno académico y profesional, también continuó cultivando lazos que ya su padre había sembrado años atrás, amistades en las que ha dejado una profunda huella, como en Zuera, donde durante años, con puntualidad “castrense” acudía a su cita matinal y compartía el primer café con “los del café de Zuera”; siempre había en esos momentos algo que contar, algo que descubrir, y sí también algo sobre lo que discutir, porque sí, era un gran orador y disfrutaba escuchando, pero le gustaba especialmente llevar la contraria y suscitar nuevos debates, y es que ya hacía años que no tenía pelos en la lengua (si es que alguna vez los tuvo).
Esa faceta la conocen bien también en Betanzos (A Coruña), donde tampoco perdonaba su primer paseo de la mañana capturando con su móvil y su iPad las plazas y calles aun poco concurridas. Hacía sus paradas de rigor en los locales y comercios de “toda la vida” a los que tanto cariño les tenía y donde siempre se paraba a conversar un rato antes de llegar a su rincón, en el Café Lanzos. Una vez allí, junto a la ventana, en un banco de piedra, degustaba su primer café hasta que llegaba la tortilla de Betanzos que tanto disfrutaba. Leía tranquilamente la prensa y retomaba el camino de vuelta deteniéndose de nuevo a saludar y charlar en esos lugares que hoy, estoy segura, tanto lo echarán de menos.
Zuera y Betanzos, Betanzos y Zuera, lugares apartados geográficamente pero que para él eran hogar, lugares que siempre llevaba en el corazón, lugares que compartían espacio con tantos otros, lugares entre los que indiscutiblemente uno sobresalía algo más, su querida Bílbilis.
Bílbilis, a la que llegó casi por casualidad con apenas 19 años, un caluroso día de julio de 1965. Como buen boy scout que era llevaba una cantimplora para paliar los efectos de aquel calor de julio. Subió al Cerro de Bámbola junto a otros dos compañeros de carrera, sin conocer aún bien el camino que años después podría hacer incluso con los ojos cerrados. Al llegar a la cima descubrieron aquella antigua ciudad romana de la que tanto había oído hablar. Recorrieron las ruinas, recogieron algunos fragmentos de cerámica y regresaron a Calatayud. Podría haber sido simplemente una excursión más de estudiante, una anécdota de juventud de las muchas que después contaría, pero algo debió de ocurrir aquel día en el Cerro de Bámbola, porque unas semanas más tarde volvió, esta vez solo, con el Renault 4-L que le había prestado su padre. En sus propias palabras, en aquella primera visita había sido «tocado por una varita mágica» y aquel regreso fue «el comienzo de una historia que no ha terminado todavía». Y seguramente nunca imaginó hasta qué punto tendría razón.
Aquel muchacho de 19 años no volvió a marcharse nunca del todo de Bílbilis. Dedicó más de 60 años de su vida a aquel lugar; buscando, estudiando y tratando de comprender lo que escondía aquel cerro. Esa curiosidad, esa ilusión y pasión por el lugar la compartió a lo largo de los años con generaciones de estudiantes que lo acompañaron en las campañas arqueológicas, pero no sólo con ellos, también con las gentes del lugar con quienes forjó un vínculo que ha permanecido inquebrantable hasta hoy. Allí creó equipos, formó discípulos, hizo amigos y convirtió unas ruinas que todavía guardaban tantos secretos en un lugar lleno también de recuerdos compartidos.
Mi padre fue descubriendo poco a poco aquella ciudad y, de alguna manera, Bílbilis fue construyendo también al hombre y al arqueólogo que llegó a ser. Tenía 19 años cuando subió por primera vez al Cerro de Bámbola y 80 cuando nos dejó. Entre una fecha y otra transcurrió una vida entera ligada a aquel lugar.
Quizá por eso Bílbilis nunca fue un simple yacimiento o un proyecto más. Fue escuela, amistad, memoria y también hogar. Y ahora que él ya no puede volver a subir al cerro, queda allí todo lo que construyó y, sobre todo, todo lo que plantó. Porque mientras haya alguien que recorra Bílbilis y recuerde lo que aprendió de él, aquella historia que comenzó un día de julio de 1965 seguirá siendo, como él mismo escribió, una historia que todavía no ha terminado.
Haría falta toda una vida para repasar y asimilar todo lo que hizo, todo lo que “plantó” y todo lo que “construyó”, y es posible que incluso esa vida se quedase corta… como quedó la suya para todos los que lo conocimos y lo queremos.
Fdo. Elena Martín-Cancela