El "amigo invisible" y su relación con la antigua Bílbilis. Por la Dra. Elena Martín-Cancela, Universidad da Coruña
Fotografía de Manuel Micheto.
Hay algo en el invierno que nos invita a detenernos. Quizá sea la luz, que se hace más breve; o el silencio que dejan los días fríos cuando las calles se vacían y los ruidos se apagan. Desde hace siglos, cuando llega esta época del año, buscamos abrigo también en las palabras. En torno al fuego, en los libros o en la memoria, la Navidad ha sido siempre una excusa perfecta para contar historias.
Pero no todas las navidades literarias se parecen a las que imaginamos. No siempre hay nieve, villancicos, ni campanas. A veces, la Navidad en los libros es un escenario de ironía, o de crítica. A veces es solo un pretexto, una estación del alma, una metáfora que los escritores utilizan para transmitirnos, como sólo ellos saben, su idea y su percepción de estas fechas. Entre los regalos, los fantasmas, los niños y los fuegos encendidos, la literatura ha sabido encontrar en estas fechas un territorio más amplio: el del humor, la compasión y la esperanza.
Pero… imaginemos por un momento que la primera obra navideña de la historia no es un villancico, ni un cuento moral, ni una historia de fantasmas. Imaginemos que la primera obra navideña es… un simple catálogo de regalos.
Eso es precisamente lo que escribió Marco Valerio Marcial (40-104 d.C.), escritor hispanorromano que nació en Bílbilis, Hispania Tarraconensis, nuestra actual Calatayud.
En aquella época se celebraban las Saturnales, las celebraciones más importantes de la antigua Roma. Estaban dedicadas al dios Saturno, protector de la agricultura y la abundancia. Tenían lugar en diciembre, alrededor del solsticio de invierno, entre el 17 y el 23, y marcaban el fin de la cosecha y el inicio de un periodo festivo. Era un momento en el que los roles sociales se invertían, los esclavos podían comportarse como amos y los amos servían a los esclavos en los banquetes.
En estas fiestas era habitual el intercambio de presentes, pequeñas ofrendas (sigillaria) que podían ser figuras de cera, velas, objetos útiles, adornos, o incluso libros, cada uno cargado con su propio simbolismo. Un cuchillo podía simbolizar una separación, mientras que un higo seco era un símbolo de fertilidad y buenos deseos. Era costumbre acompañar cada uno de estos objetos con un verso ingenioso. En esas palabras, esas dedicatorias que hoy escribimos en tarjetas, Marcial encontró el escenario perfecto para ejercer su ingenio y convertirlas, con mucho humor y precisión, en literatura: en epigramas.
Pero… ¿qué es un epigrama? Nacieron como composiciones breves con carácter votivo o funerario y es precisamente de esas inscripciones de donde surge gran parte de las características del género: brevedad, concisión, ingenio y vivacidad expresiva. El epigrama literario pasa a expresar la más variada gama de sentimientos: erotismo, sátira, costumbres, fiestas y, por supuesto, funerales.
En la época de Marcial, la desigualdad era notoria, algo que aborda de forma constante en su obra a través de una genial agudeza y un humor mordaz. Expone en sus epigramas la hipocresía de la sociedad romana y convierte el amor en un vehículo para la crítica social.
Su primera colección, Liber Spectaculorum, se compuso para celebrar la inauguración del Coliseo. Conservamos 33 poemas sobre los espectáculos que allí se celebraron. Los libros siguientes fueron Xenia, dedicado a alimentos y viandas, y el Apophoreta, pequeños poemas dedicados a acompañar los regalos que se intercambiaban con motivo de las Saturnales.
El Apophoreta (literalmente “cosas que se regalan”) se publicó alrededor del año 85 d.C. como parte de sus Epigramas.
Se trata de 416 textos breves, de dos versos, cada uno sobre un objeto específico, escritos en tono humorístico e ingenioso.
En el pasaje de la Cena del Trimalción de Petronio se describe un evento en el que estos obsequios se entregaban a modo de sorteo, como nuestro actual amigo invisible. En ese caso, se sacaba un papel, se leía el epigrama y se acompañaba del obsequio al que se refiriese.
Pero volvamos al Apophoreta de Marcial y detengámonos en algunos de esos epigramas que acompañaban a esos regalos:
«Dime, Narciso, ¿qué te halaga más de ella: que el espejo esté limpio o que se cuide al mirarlo?»
Marcial utiliza el mito de Narciso para destacar la vanidad humana. Este epigrama convierte el espejo en un símbolo de la obsesión por la apariencia, un tema que sigue siendo relevante. El tono irónico subraya cómo los presentes también podían ser una sátira sobre los defectos del receptor.
«Este libro es ligero, pero no lo juzgues por su peso: en él caben las mejores bromas y versos.»
Este epigrama, probablemente autorreferencial, resalta la naturaleza del regalo literario, enfatizando que el valor no radica en el objeto físico, sino en el ingenio contenido en sus palabras.
Marcial nos recuerda aquí que un regalo, cuando va acompañado de palabras, vale más. Que una frase aguda, una ocurrencia o un gesto literario, pueden transformar un objeto banal en algo memorable. El humor se convierte en un lazo, y la palabra en el envoltorio más duradero.
Así pues, aunque no seamos conscientes, cada vez que intercambiamos un pequeño detalle en estas fechas, cada vez que participamos en un amigo invisible, estamos continuando con una tradición que empezó aquí mismo, en la antigua Bilbilis. Es posible que, si Marcial caminara hoy por Calatayud, sintiera de nuevo el impulso de escribir sus Apophoreta. Seguro que entre las luces, los regalos y el turrón, encontraría motivos para regalarnos sus versos. Y es que, al fin y al cabo, la Navidad, como en aquellos epigramas, sigue siendo eso: un pequeño gesto que, con un poco de ingenio, se convierte en algo inolvidable. Algo que Marcial, hijo de la antigua Bilbilis, supo hacer como pocos en la historia.