El “adiós” a otro convento

Las dos hermanas que quedaban marchan a Caspe. Fotografía Diócesis de Tarazona

Gente y Familia
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Falta de vocaciones que precipita el cierre del convento de las Capuchinas en Calatayud


Dicen que cuando una puerta se cierra se suele abrir una ventana, y esto les ha ocurrido a las dos hermanas que quedaban del convento de Calatayud, que se ven obligadas a elegir otro destino, en esta ocasión han optado por el Monasterio que la Orden tiene en Caspe.
El Monasterio de la Inmaculada Concepción de las Madres Capuchinas de Calatayud cerró sus puertas el pasado domingo 23 de marzo, tras 370 años en la ciudad, con una misa. A la celebración de la eucaristía asistió un importante número de fieles, entre ellos los que asistían a diario a la misa, y que quisieron acompañar a las hermanas para darles las gracias por su presencia y recordar los momentos de oración, celebración y encuentro disfrutados en el monasterio.
Según describen desde la Diócesis de Tarazona, el “cierre viene motivado principalmente por la falta de vocaciones y en el convento de las Capuchinas de Calatayud se evidenciaba esta circunstancia con el escaso número de hermanas que lo habitaban en la actualidad: Sor Elvira y Sor Ana. A todo esto hay que sumar las orientaciones de la instrucción Cor Orans sobre la renovación de la vida contemplativa femenina en la Iglesia. Tras una meditada y larga reflexión, la Federación de la Orden de las Capuchinas decidió tomar esta dolorosa y difícil decisión”.
Las dos hermanas que quedaban en el Monasterio han elegido libre y personalmente a qué comunidad incorporarse -como garantiza la Iglesia en estas situaciones-, con el fin de poder seguir encarnando el carisma al que fueron llamadas. Marchan al Monasterio que la Orden tiene en Caspe. Las Hermanas Clarisas Capuchinas se marchan  con la satisfacción y el cariño mostrado por los que ellas tanto han rezado y encomendado, sus “paisanos bilbilitanos”.
Por su parte, el obispo de Tarazona, Mons. Vicente Rebollo, el vicario general, don Javier Bernal, el delegado de la Vida Consagrada, don José Manuel Vargas, la Madre Federal, Hna. Mª José Cano,   su consejo  y el Asistente de la Federación, Domingo Añó Cebolla, mantuvieron un encuentro para despedir a las dos hermanas que residían en el convento de Calatayud: Sor Ana y Sor Elvira. Don Vicente les agradeció su presencia durante tantos años así como la perseverancia, trabajo y constancia de las dos últimas religiosas de la comunidad y aprovechó la ocasión para animar a todos para seguir rezando por las vocaciones. El delegado de la Vida Consagrada fue el encargado de despedirlas en el momento de partir hacia Caspe.

Historia del Convento de las Capuchinas en Calatayud
La presencia del convento en la ciudad data desde 1655. Juan Casulla y su mujer Teresa Fernández, comerciantes de Calatayud, de mutuo acuerdo decidieron ingresar en religión, ella como madre capuchina (27 de mayo de 1648) y él ordenándose sacerdote.
En el año 1655, con licencia del arzobispo de Zaragoza fray Juan Cebrián, fundó Juan Casulla el convento de madres capuchinas de  Calatayud. El 26 de mayo de este mismo año llegó a la ciudad la nueva comunidad acompañada por los marqueses de Bárboles, hospedándose en San Benito hasta el 28, en que tras un solemne Te Deum en la colegiata de Santa María, se instaló en San Juan del Hospital. Fue la primera abadesa María Teresa Neyla.
La traslación de la comunidad al convento actual se efectuó el 13 de junio de 1657, dos días después de haberse bendecido la campana por fray Pedro Manero, obispo de Tarazona.
La iglesia se concluyó en abril de 1684, gracias a la munificencia de Bernardo José Peralta, quien costeó la terminación de las bóvedas y los tres retablos pintados por Jerónimo Secano, dejando manda para otros dos a su muerte en 1687.
Contribuyó también a la construcción de las bóvedas el canónigo del Santo Sepulcro, Francisco Yago de Soria (fallecido el 11 de mayo de 1673), con limosnas que recaudó de la ciudad.

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