La Asociación Protectora de Animales Armantes sostiene, desde Calatayud, una red de cuidados, acogidas y segundas oportunidades para perros abandonados
Cada miércoles, en las ondas de COPE Calatayud, hay un espacio reservado para contar historias que no siempre ocupan titulares, pero que sostienen la vida cotidiana de muchas personas —y también de muchos animales—. Esta semana, el micrófono se abrió para hablar de quienes trabajan por los que no tienen voz: la Asociación Protectora de Animales Armantes.
“Bueno, y hoy es miércoles, hoy también tenemos voluntariado, nuestro espacio voluntariado que deja huella, en el que cada miércoles damos visibilidad al voluntariado que se realiza en nuestro territorio, mostramos también la diversidad de entidades que trabajan con voluntarios en nuestra zona y animamos a la ciudadanía a implicarse y a colaborar”.
Asociación Protectora Armantes
La conversación tuvo nombre propio. Al otro lado del teléfono estaba Lucía Roldán, presidenta de la asociación, una de esas personas que habla tranquila, con conocimiento y con afecto, porque lo que cuenta forma parte de su día a día.
La Protectora de Animales Armantes nació con un objetivo claro: proteger a los animales más vulnerables. Durante un tiempo gestionaron un refugio, pero hoy su labor se apoya en algo mucho más frágil y, a la vez, más humano: las casas de acogida. Familias de Calatayud y de la comarca que abren la puerta de su casa para que un perro abandonado pueda recuperarse, descansar, volver a confiar.
No es una tarea sencilla. Muchos de los animales llegan en malas condiciones físicas y emocionales. También están las camadas no deseadas, consecuencia directa de la falta de esterilización. La realidad es dura y constante.
Aun así, desde Armantes no miran hacia otro lado. Colaboran estrechamente con el Centro de Protección Animal del Ayuntamiento de Calatayud, gestionando las adopciones, conociendo a los perros, entrevistando a las familias interesadas y buscando el encaje adecuado entre animal y hogar. Porque no se trata solo de encontrar una casa, sino la casa correcta.
“Las casas de acogida son fundamentales. Sin ellas no podemos rescatar. Les damos dignidad y una segunda oportunidad”.
Actualmente, la asociación cuenta con alrededor de una veintena de voluntarios activos y 103 socios, una cifra que refleja el respaldo social a su trabajo. Sin embargo, la necesidad sigue siendo grande. Especialmente cuando llega el frío, cuando terminan las temporadas de caza y aparecen, como ocurre cada año, galgos abandonados.
Uno de ellos es Río, un galgo que llegó en un estado extremo de delgadez y que, aunque ya tiene familia definitiva, necesita una casa de acogida en Calatayud para pasar los días previos a su adopción. Un gesto sencillo que puede cambiarlo todo.
La labor de los voluntarios no se limita a rescatar. Suben al centro de protección animal, sacan a los perros, los pasean, los cepillan, les hacen fotos y vídeos para darles visibilidad en redes sociales. En Instagram y Facebook, cada publicación es una posibilidad más de que alguien se detenga, mire y decida ayudar.
“Entre los voluntarios decimos que subir al centro es terapia. Sales de allí con el corazón lleno”.
Desde la asociación insisten en que no hace falta experiencia previa, solo responsabilidad, compromiso y tiempo. Ser socio cuesta 40 euros al año, una cantidad modesta que permite cubrir gastos veterinarios y continuar con los rescates. Ser casa de acogida solo exige ganas; todo lo demás lo pone la protectora.
El mensaje final es sencillo y directo: cualquier forma de colaboración suma. Porque detrás de cada adopción hay una cadena invisible de personas que han dedicado horas, cuidados y afecto para que un animal vuelva a confiar.
Y porque hay voluntariados que, de verdad, dejan huella. Incluso en forma de huellas pequeñas, sobre el suelo frío de una perrera, esperando convertirse en hogar.
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