La roya bilbilitana, ganadería Marco Lara, en Alhama de Aragón, un bilbilitano: Pedro Bendicho y el programa que dirige y presenta Jesús Cintora, “Malas lenguas”
El pasado martes 24 de febrero, las ovejas de Alhama de Aragón entraron en millones de hogares. Lo hicieron a través de Malas Lenguas, el programa de RTVE que dirige y presenta Jesús Cintora. Pero aquella no fue solo una historia sobre ganadería extensiva o sobre una raza en peligro de extinción; fue también, casi sin pretenderlo, un reencuentro silencioso entre oficio y origen.
Frente a la cámara estaban José Miguel Marco y Eva Lara, alma de la Ganadería Marco Lara, con raíces en Jaraba y asentados en Alhama de Aragón. Detrás, sujetando el micrófono, otro bilbilitano: Pedro Bendicho, nacido en Calatayud y criado profesionalmente entre cables, trípodes y redacciones. Todos, pertenecientes a la Comarca Comunidad de Calatayud.
“La verdad es que el reportaje lo cerraron desde Madrid, me lo dieron hecho”, cuenta Bendicho. Un equipo rastrea cada día cabeceras regionales, redes sociales y rumores de pueblo en busca de historias que expliquen el país. Él tenía previsto otro tema en Paracuellos de Jiloca, pero la proximidad pesó. “Como soy de la zona, me mandaron a mí. Yo siempre barro un poco para casa. Ya sabes”.
Y en casa estaban ellos: Eva y José Miguel. Se conocieron con 17 años, en el instituto. Él no ha sido otra cosa que ganadero. Ella trabajaba en el balneario, con horarios más previsibles y nómina fija, hasta que un día decidió pedir una excedencia para sumarse a la explotación que él llevaba en solitario. No volvió. “Ahora hago más de ocho horas al día, pero no me pesan; me siento libre”, relató ante las cámaras. Con 2.000 ovejas no hay calendario que garantice vacaciones, aunque se permiten una semana de escapada al año. Tienen dos trabajadores más y, aunque comparten proyecto y vida, cada uno mantiene su propia explotación. Las ovejas negras —la roya bilbilitana— son de ella; las blancas, de él. Así se entienden en el campo.
La roya bilbilitana, raza autóctona y amenazada, es algo más que un color oscuro sobre el terreno de la comarca bilbilitana. Es resistencia genética y cultural. Es la defensa de un modelo extensivo que ata al ganadero al paisaje y que explica el territorio sin folletos turísticos. Hace unas semanas también fueron protagonistas en Heraldo de Aragón; ahora el salto era nacional.
A Bendicho lo que más le sorprendió no fue la dureza —que la hay— sino la felicidad. “Lo que más me llamó la atención es lo felices que se les ve y cómo, a pesar de la dureza del campo, ella no volvería a una oficina”. En mitad del reportaje, cuando preguntó quién era mejor ganadero, José Miguel no dudó: ella. La respuesta, espontánea, dibujó una complicidad que no necesita subrayados.
Quizá por eso el diálogo entre periodista y ganaderos fluye con naturalidad. Él también empezó casi a escondidas. “Abrí la puerta de la tele de Calatayud sin decir nada en casa y dije que quería hacer un programa. Esa fue la escuela”. En aquella televisión local impulsada por Jesús Alcalde aprendió a manejar cámaras, a distinguir planos y, sobre todo, a contar. “Recuerdo que me dijo: ‘tienes que ver muchas noticias para saber cómo se hacen’”. Tenía 17 años.
A los 18, con el dinero ahorrado en las fiestas de San Roque, se marchó a Madrid. Estudió arte dramático y producción audiovisual. Fue operador de cámara en la Guardia Real y aún recuerda la primera vez que vio de cerca a los Reyes Juan Carlos y Sofía. Después llegaron etapas menos glamurosas: productoras autonómicas, la crisis, cinco años en Reino Unido —“terminé fregando platos”—, una graduación en comunicación y un giro inesperado cuando, tras un atentado, contó lo sucedido ante las cámaras de Cuatro. “Ahí despegó mi carrera como reportero”.
De vuelta a España encadenó contratos en televisiones autonómicas y privadas: Aragón TV, Castilla-La Mancha Media, La Sexta, Telemadrid, donde pasó por programas veteranos como Madrid Directo y Mi Cámara y Yo, hasta llegar a Prado del Rey el pasado octubre. “Mi subdirectora me llamó hasta tres veces. Ya no podía decir que no”. Dejó atrás una etapa consolidada para abrir otra en TVE. “Estoy en un buen momento, no sé cuánto durará. Es un negocio duro, inestable, y tienes que controlar el ego. Estar frente a una cámara se termina algún día”.
En eso, el periodismo y la ganadería no son tan distintos. Ambos dependen de factores que no siempre se controlan: el mercado, la audiencia, el clima, los despachos lejanos. Ambos exigen constancia cuando no hay focos ni aplausos. Y ambos, en la comarca de Calatayud, se sostienen sobre una convicción íntima y muy personal: la de hacer bien el trabajo aunque nadie mire.
“Intento ser natural. Me acuerdo de mi abuela y pienso: cuéntalo para que tu abuela lo entienda”. Esa máxima, sencilla y doméstica, conecta con la filosofía de Eva cuando habla de sus ovejas negras y del orgullo de criar una raza propia. Contarlo para que se entienda; criarlas para que no desaparezcan. Dos formas de cuidar lo que se quiere.
El martes 24 de febrero, mientras las cámaras recogían el sonido de los cencerros y el viento fresco de nuestro territorio, la Comarca de Calatayud se coló en la televisión pública con acento propio. En un lado del plano, una pareja que ha hecho del campo su proyecto de vida; en el otro, un reportero que salió del mismo mapa para aprender a contar historias. Entre ambos, la certeza de que a veces la distancia entre el redil y el plató es más corta de lo que parece.